El fútbol es a veces un deporte extremo. Tomemos como ejemplo la Copa Libertadores, el gran torneo sudamericano. De una punta a otra del continente hay más de 7.000 kilómetros; para hacernos una idea, es como si los equipos españoles de Champions tuvieran que disputar eliminatorias en Nueva Delhi o en Kansas City. Se juega a más de 3.500 metros de altura (Bolivia) o a casi 40 grados, en humedades tropicales o con frío seco, en estadios gigantescos o en canchas patateras. Sobre las dotes organizativas de la Conmebol y los humores sulfúricos de los hinchas no hace falta decir gran cosa: la reciente final en Madrid entre River y Boca, con sus antecedentes en Buenos Aires (inundación, apedreamiento, suspensiones, etcétera), constituye un buen compendio.
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