Conquistar una montaña, derribarla, someterla, tumbarla… este fue el discurso que llevó al ser humano hasta la cima de las montañas más imponentes del planeta. El planteamiento, de corte bélico y nacionalista, contempló la conquista de los 14 ochomiles como un asunto de Estado: no se trataba de escalar, sino de plantarse en la cima y hacer propaganda. Era una obsesión que, en el caso de Alemania, resultó enfermiza. Fue con el Nanga Parbat (8.125 m), pero pudo haber sido con otra cima. El caso es que Inglaterra acechaba ya el Everest, el K2 era un atrevimiento y el Kangchenjunga era demasiado difícil. Aislado del resto de cumbres, el macizo del Nanga Parbat resulta colosal a la vista, y el acceso es menos complejo que el que exigen el resto de ochomiles. Además, contempla la pared más alta del planeta, en su vertiente Rupal: un abismo de 4.500 metros. Por eso fue escogida por Alemania y su fijación duró décadas dejó un puñado de éxitos y un imponente reguero de cadáveres diseminados por las laderas de la Montaña desnuda, como se conoce en Pakistán. También dejó relatos extraordinarios y frases terribles, como esta de Reinhold Messner: “Buscando a mi hermano [entre los restos de una avalancha, en 1970] conocí la locura”.
source Portada de Deportes | EL PAÍS https://ift.tt/2CuJ9Q9
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire