La primera filípica de Luis Enrique en el mes de septiembre, recién aterrizado en el cargo de seleccionador español, fue una descarga emocional sobre el estilo y las bases que pretendía sentar. Los internacionales escucharon a un entrenador entusiasta con su idea de jugar en campo contrario, de llevar el protagonismo a través del balón y convertir la presión tras pérdida en una seña de identidad tan trascendente como la posesión. Sobre este concepto se articula una metodología que demanda esfuerzo y vivacidad por igual.
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