Rodrigálvarez era en la Redacción una especie de tótem callado, que repartía juego con los ojos, como Jesús Garay Vecino en los tiempos de la ternura del fútbol cuya alineación empezaba así: Carmelo, Orúe, Garay, Canito… Pasaban tormentas cerca de su sitio y él, impertérrito, habitado por la razón sintáctica aunque no escribiera una línea, dictaba con la mirada algunas órdenes cuya sensatez era alimento de los más jóvenes. Era convincente sin decir una palabra. Era un estilo.
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