A Eduardo Rodrigálvarez (Bilbao, 1955) le gustaba la vida por encima de todo. La suya y la de sus muchos prójimos, a los que hacía tan felices como feliz se hacía a sí mismo. Ya fuera con su arte para escribir, con su don de trovador, con sus seductores silencios o con su verbo de tertuliano fino y clínico. O ya fuera con su frustrada vocación musical, en la que tanto empeño puso. Sin remedio. Lo suyo no era cantar, aunque jamás importó que diera el cante para deleite de los incondicionales que le adorábamos.
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