Sergio Ramos ejerció de martillo ante el Girona. Se agrandó en el minuto 41 desde el punto del penalti presidiendo una liturgia que por un instante le convierte en el sumo sacerdote del Bernabéu. Lo hizo a lo Panenka añadiendo un giro de dificultad. Metió el empeine exterior de su pie derecho. Tocó la pelota con tres dedos para dirigirla hacia la derecha mientras él giraba la pierna y el torso hacia la izquierda engañando a Iraizoz. El meta se venció hacia un lado y el balón pasó por el otro. El ejecutor lo celebró reivindicándose con gestos ante la tribuna. Como si le asechasen fuerzas invisibles que conjura con rabia y una gota de arte. Como si el gol hubiese sido mucho más que un gol al Girona en una noche que apenas congregó a 51.000 personas en el estadio, y eso que había peñistas que aseguraban que les habían regalado la entrada.
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