Serena Williams siempre, hasta el final. En la victoria o en la derrota, da igual. Gane o pierda, juegue en la arena de París, la hierba de Wimbledon o los cementos de Melbourne y Nueva York, la estadounidense garantiza drama y emociones a flor de piel. Siempre. En un sentido u otro. Si no amenaza a una juez de línea –“voy a hacerte tragar la puta bola…”, en el US Open 2009–, se come a besos y consuela a una rival. O abraza bondadosamente a un periodista que la anima tras sufrir una lesión, o bien sorprende con un tutú rompedor, o arruina la eclosión de una veinteañera como Naomi Osaka, alegando sexismo por parte del árbitro; cómo olvidar, tampoco, su discurso reivindicativo y comprometido, su extensísima ristra de triunfos y alguna que otra derrota dolorosa, porque también las ha habido.
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