A los cuarenta años a Josep Lluís Núñez la vida ya le iba suficientemente bien como para poder mirar con distancia sus humildes orígenes. Había pasado ya mucho tiempo desde que durmiera bajo los trenes en la estación de Portbou o que ganara su primera peseta vendiendo cromos a niños con mayores recursos que los suyos, como había explicado. Pero seguía echando en falta algo: reconocimiento social.
source Portada de Deportes | EL PAÍS https://ift.tt/2Ucq6RR
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire