Seguramente a cualquier otro equipo que no sea el Liverpool jugar permanentemente en el alambre emocional le destrozaría la salud. Pero resulta que a los reds, a estos redsque dirige Jürgen Klopp, a los que llevó hasta la final de la Champions la pasada temporada y ahora a octavos (de momento), les van los partidos que se disputan en medio de un frenesí atlético. No hay otra forma para entender que su espartana victoria sobre el Nápoles resulte al mismo tiempo el producto lógico de un planteamiento deportivo que no contempla la relajación, ni siquiera como recurso desesperado.
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