En la mayoría de casos los empates no se merecen. Son consecuencia directa del desacierto de uno de los equipos, o del acierto de ambos, cuando sucede que las fuerzas de uno anulan las del otro. En el Coliseum Alfonso Pérez se fraguaba un reparto equitativo hasta que una revisión televisiva dio al traste con él. El agarrón de Bruno sobre Gameiro, tan incuestionable como inútil (fue el balón a por el que corría el francés ya estaba en manos de Soria cuando las primeras fibras de su camiseta empezaron a estirarse) acabó por entregar la victoria al Valencia. Parejo no engañó a Soria, pero el balón se coló bajo sus brazos y rebotó en las redes de la portería de un Getafe que hizo tantos méritos como su rival para llevarse algo a la boca.
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