Sus desaires rechinaban en el Camp Nou porque exigía más que daba, impaciente por demostrar su fútbol antes que su adaptación. “Escuché lo del ADN, pero lo más importante es ganar y levantar copas al final del curso”, recitaba cuando le cuestionaban sobre la adecuación de sus características al juego posicional del Barça, él, que es un adalid de bravura porque por algo le pusieron el mote de Cometierra cuando era niño, toda vez que no había un encuentro en el que no acabara con heridas.
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