Sí, claro. El fútbol no tiene piedad con los mediocres y no le da opción a los enchufados. Una competencia justa, donde los capaces triunfan y los demás se quedan en un camino en el que encontraron sacrificio, fatalidades, a veces injusticias. Superar obstáculos es parte obvia de todo reto y se logra con talento e ilusión. Llegar a profesional es complicado, con millones de postulantes que salen como espermatozoides en busca de una oportunidad. Siendo aún niños tienen que enfrentarse a la lógica adulta de los padres, que meten una presión insoportable. Y a procesos de selección que empiezan de nuevo cada temporada y que ponen en combustión a compañeros que rivalizan por un puesto, entrenadores que exigen, rivales que pegan, aficiones que insultan. Por esa razón, cuando oigo decir a alguien que no es jugador porque “mi padre me obligó a estudiar”, contesto: “Sí, claro”.
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