En los cincuentas, México contaba con un partido comunista muy modesto, resistente a morir, pequeño y muy pobre, aunque era conmovedor escuchar a Alberto Lumbreras, preso en Lecumberri por la huelga ferrocarrilera de 1959 y jefe del aún más modesto Partido Obrero y Campesino decir que su sueño era ir a Moscú a darle la mano a José Stalin.
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