A los entrenadores les gusta jugar a entrenadores, que en realidad es su trabajo, pero el aficionado de a pie, que tiene carné de abonado, pero no de entrenador, a veces no comprende esos juegos que en su tiempo fueron sobre una pizarra o un cuaderno pero ahora suelen ser sobre una tablet, que casi siempre maneja el segundo de abordo, como si utilizar la tecnología de cara al público, desvirtuara las funciones intelectuales del entrenador. Cuadernos todavía quedan, pero son como menús de restaurante turístico, con folios metidos en fundas de plástico, que en vez de fotografías de paellas, platos combinados o chuletones, reproducen jugadas que el futbolista que va a salir al campo mira con desgana.
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