Para el tenis, ayer no fue un día más. Las riadas de aficionados que abandonaban la pista Arthur Ashe entrada la noche lo hacían con una mano ocupada de su perrito caliente y la otra tapándose la boca, inevitablemente abierta todavía, preguntándose cómo demonios Roger Federer había sido capaz de sacarse ese truco de la chistera sorteando la red por el exterior, a la carrera, con un toque tan sutil y tan mágico que hasta al propio Nick Kyrgios, un chico al que todo le aburre y todo le hastía, se quedó como una estatua contemplando la belleza.
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