Lille, seguramente, marcó un antes y un después para el tenis español masculino. El cruce contra la poderosa Francia suponía la última prueba del algodón antes de que la Copa Davis se renueve en 2019 y de la mano venga el cierre anticipado de una era dorada. Sin Rafael Nadal en las filas, la segunda línea fue insuficiente y se adivina otra vez un horizonte de dudas e incertidumbres, porque a España se le ven desde hace tiempo las costuras. Sostenida sobre la inmensidad del número uno, ejerciendo a sorbos en la Davis porque su chasis así se lo pide, se ha ido disimulando carencias que ahora son inocultables. El tenis español se hace mayor, la vieja guardia dará en breve el paso a un lado y la base no ofrece brotes excesivamente esperanzadores.
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