En épocas más lisérgicas e inconscientes de su historia el Real Madrid podía llegar a celebrar un fichaje cada año. Aquella era la mejor metadona de un club enganchado físicamente a los títulos. No hay que tener mucha memoria: se desmentía el interés por el jugador de moda, se negaba haber pagado una cantidad desorbitada por él y se contradecía la versión de que el chico no se adaptaba a Madrid. Eran veranos en los que una señal televisiva emitía 24 horas lo que ocurría en el yate del presidente. Dependiendo de cómo estuviese la actualidad, el club aceleraba o retrasaba los fichajes para mantener tensión en la escaleta. Finalmente, se citaba a la afición en el Bernabéu y se le entregaba a un estadio hasta la bandera a la mayor figura del momento. Decenas de miles de personas coreaban un nombre, festejaban y bajaban el paseo de La Habana con la nueva camiseta puesta, llenas las ilusiones. Cuando empezaba la Liga ya estábamos cansados de tanto fútbol.
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