En los años 80, con la Unión Soviética aún vigente, las imágenes de la televisión recogían estadios de fútbol o pabellones de baloncesto repletos de militares. Era un público funcionarial que asistía en un silencio educado a las citas de sus equipos. La quietud generaba una sensación de frialdad extrema. Los equipos de fútbol españoles que se cruzaban con los soviéticos temían más al frío que a ese ambiente de las gradas en el que costaba dilucidar si las hinchadas asistían a un concierto de música clásica o a un partido de fútbol.
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