Aunque en ocasiones utilizada con demasiada frecuencia y de forma baladí, la palabra equipo explica a Suecia como en esta pasada campaña definió al Barcelona. Se marchó Neymar y desde el club y el cuerpo técnico se refugiaron en el vocablo compactar porque nadie ofrecería la magia del brasileño, aunque bajo el lema de los Mosqueteros –Uno para todos y todos para uno-, podrían suplantarle. Les fue bien (conquistaron la Liga y la Copa) como también le ocurre a Suecia, que aceptó de mala gana la renuncia tropecientos de Ibrahimovic para la fase de clasificación del mismo modo que le negaron la vuelta porque Suecia no va a la carta, porque los jugadores se habían convertido en un verdadero equipo. Y eso evidenció frente a Suiza, un auténtico bloque en el campo, siempre con las líneas apretujadas por más que la situación exigiera la contra, el repliegue o el acoso en campo ajeno, basculaciones ordenadas, solidaridad como bandera y excelencia defensiva a balón parado. Con eso y con Frosberg bastó para desmontar a Suiza, que peleó en las áreas con Shaqiri y Sommer pero se perdió en la zona de confección.
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