La foto del Mundial de Putin la ha hecho al propio Putin, expresión definitiva del propio ojo ubicuo y de la euforia ajena de Emmanuel Macron, cuya celebración en la cima del mundo tanto contradice las reglas del protocolo como precipita un comprensible ejercicio de hooliganismo y de paternalismo. Se diría que el presidente francés, sin chaqueta y con físico de runner, ha marcado el gol de la victoria. Y que Putin no se ha resistido a realizar la fotografía, explorando un nuevo espacio de influencia y de instinto artístico, sin menoscabo de la cordialidad geopolítica que conlleva haber sido el anfitrión de gran circo lúdico: ahora que Trump amenaza a Rusia y a la UE, se desprende Moscú y París se reconcilian en el movimiento hipnótico del balón.
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