Estamos en esa época del año, el veranito, que para un técnico ambicioso es muy agradecida, porque no pierde nunca. Nils Liedholm, que dirigió al Milán y a la Roma, decía que la de entrenador de fútbol era la mejor profesión del mundo. “Es una pena que haya partidos”, añadía. La tranquilidad de estas fechas es extensible a los seleccionadores. No hay que pensar en las grandes citas, ni siquiera en clasificarse para esas citas, o al menos no hay que agobiarse por ello. Todo queda aún demasiado lejos. Un Mundial recién acabado produce sobre las selecciones un efecto sedante. Sus componentes prefieren pensar en cualquier cosa antes que en otra convocatoria. Como digo, es verano. Necesitan distancia. Tal vez su actitud pudiese resumirse en una frase: “No me pasen llamadas”.
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