Williams revolucionó la Fórmula 1 a principios de los años noventa con la introducción de la suspensión activa, una solución que le dio a la escudería los títulos de pilotos de 1992 (Nigel Mansell) y 1993 (Alain Prost), y que incluso hizo que Ayrton Senna se ofreciera prácticamente gratis con tal de poder disponer de uno de los monoplazas de Grove. Ese no es más que un indicativo más de la grandeza del equipo con el segundo mejor palmarés colectivo del certamen (9 títulos de constructores), solo por detrás de Ferrari (16). Un cuarto de siglo después de aquella época dorada, Williams protagoniza una caída libre hacia las catacumbas de la estadística que la colocan como la peor estructura de la parrilla. El molde de su desplome parece hecho a medida para McLaren, que sigue esa misma deriva a la espera de que en Woking (Gran Bretaña) encuentren la salida del pozo en el que llevan metidos Fernando Alonso y demás, desde 2015. Seguramente por eso y porque tiene 37 años, que el asturiano no se ve en la F1 más allá de 2020, según ironizó ayer desde Alemania –“me dan igual las normas de 2021 porque no estaré aquí. Estaré en el sofá de mi casa viendo el Tour, pero no en la F1”, soltó–.
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