Ángela se contiene para no apretar en público los mofletes de su hijo. “Esto solo me lo consiente a mí”, dice risueña la madre de Jon Rahm cuando el número cinco del mundo ha acabado una ronda de prácticas. La ama ha viajado con su otro hijo, Eriz, desde Bilbao a Madrid en autobús, hasta Edimburgo en avión, y luego hasta Carnoustie en coche para acompañar a Jon en este Open Británico que comienza este jueves. Es ese núcleo familiar que completa Edorta, el padre, el que contribuye a que Rahm siga siendo quien es: un hombretón de 1,88m nacido hace 23 años en Barrika (Bizkaia) que está convencido de que será el mejor golfista del mundo. De momento ha vivido deprisa. En 52 torneos como profesional, ha conseguido cinco victorias y 23 clasificaciones entre los 10 primeros (en el 44% de sus participaciones), y solo ha fallado cinco cortes. Ha sido número dos del mundo y ha tenido la opción de ser el primero. El pasado Open de España disparó su popularidad en el país, aunque todavía por debajo del fenómeno que es en EE UU. Ahora en Carnoustie quiere dar otro paso. Antes de comenzar su octavo grande (no ha brillado especialmente en los majors: tiene un cuarto lugar en el Masters como mejor resultado), habla como siempre desde el corazón.
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