Los del Movistar están en un hotel con terraza al lago de Annecy y vistas a las montañas que lo rodean. La Forclaz, a su izquierda; Semnoz, la montaña mágica de Nairo, a la derecha. Se acostaron a media noche, sin nada ver, con la cabeza aún entre los adoquines de Roubaix, tan adorables. Cuando se levantaron, entonces, de repente, como los protagonistas de un cuento infantil llamado Tour de Francia, estaban rodeados de Alpes, y de su olor, y sintieron fuerte su llamada. Montaron en bicicleta y subieron y bajaron la Forclaz de Montmin, dos horas de pedaleo suave para empezar a sacarse el pavés de las piernas e intentar que sus biorritmos, tan calibrados al milímetro para el Tour, no se desbaraten el día sin etapa.
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