Lo habían visto por la tele. Habían escuchado la leyenda. Pero no lo habían visto en vivo, cara a cara. No como ahora. Para muchos jóvenes golfistas, Tiger Woods era la segunda página en la enciclopedia de los mayores ganadores de grandes en la historia del golf, un mito viviente, el hombre al que seguramente le debían buena parte de sus millonarias ganancias. No con quien se disputaban los títulos cada domingo. Tiger como mito no se discutía. Tiger como jugador no estaba. Hasta que en el seco Carnoustie, con el viento azotando y jugando con la bola, la leyenda se hizo de carne y hueso, y chicos como Rory McIlroy y Jordan Spieth descubrieron lo que es jugar perseguidos por un tigre hambriento.
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