Con el Mundial a la vuelta de la esquina, las selecciones van madurando su idea, su hoja de ruta, su fútbol. Como Brasil, que desde hace años, probablemente desde que Dunga impusiera el músculo al balón, ya no practica el jogo bonito, la que fuera su verdadera seña de identidad durante décadas. La Canarinha de Tite es mucho más ramplona porque destila un juego más directo y menos virguero, sin pretensiones desde la raíz pero terriblemente exigente en lo físico en la medular (Casemiro y Paulinho), también exquisita en los últimos metros porque Neymar y Gabriel Jesús juegan al fútbol mejor que el que lo inventó. Una mezcla que no es magnética a ojos del aficionado pero que es bien efectiva y que traerá a maltraer a cualquier seleccionador porque no hay por dónde meterle mano al conjunto brasileño, camaleónico a cada encuentro porque tanto le da gobernar que perseguir a la pelota mientras disponga de unas pocas ocasiones en el área rival. Frente a Austria, que sacó la lengua en el segundo acto, tuvo más y su botín se quedó en tres goles. Uno por cada mago: Gabriel Jesús, Neymar y Coutinho.
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