Hay algo terrorífico en las caras angelicales de algunos deportistas, como si el diablo hubiera aprendido a maquillarse pero no del todo. Acostumbran a ser tipos de ojos claros a los que no se les intuye un ápice de mala intención, como si recién llegaran de confesar sus pecados y saltasen a la cancha vestidos de marinero bonito, dispuestos a recibir la primera comunión.
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