La suya no fue una vuelta perfecta. Para viajar a esa velocidad por el circuito Bugatti había que cometer imperfecciones, pelearse con la moto, responder a su bamboleo. Y lo hizo. Claro que lo hizo. Si ya se llevó la pole en Qatar, la primera carrera del año, si ha salido desde la primera fila en cada gran premio desde entonces –segundo en Argentina, Estados Unidos y Jerez–, cómo iba a dejar pasar la oportunidad de marcar la pauta en casa. En Francia. Donde se ha convertido en el ídolo local. Donde no ven a un francés ganar un gran premio de la categoría reina desde que lo lograra Pierre Monneret, en Reims, en 1954. Ni veían a un local llevarse la pole desde que lo hiciera Christian Sarron en Paul Ricard en 1988.
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