El Getafe se despertó frente a un Espanyol dormido. Blanquiazules y azulones transitaban por la pesadumbre de la nada en el Coliseum Alfonso Pérez. Sin nada por lo que pelear en la Liga, sin nada de fútbol. Hasta que apareció Damián. Fajr acomodaba y acomodaba el balón en la puerta del área del cuadro catalán. Todo parecía indicar que andaba a la búsqueda de la mejor perspectiva para lanzar la falta directa. Pero, no. Era una parodia. El francés le tocó el cuero suave a Damián, que sacó un zapatazo tremendo, fuerte y colocado por la escuadra, que dejó en inútil la estirada de Pau López. Un golazo tremendo para tapar los bostezos en un partido que pintaba para un tedio en toda regla. Entonces, Quique Sánchez Flores movió (casi por obligación) el banquillo, ayudado también por una protestada expulsión a Flamini. Pero la respuesta no estaba en las ideas del técnico ni en las botas de los revulsivos. El marcador ya estaba decidido por el golazo de Damián.
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