Pocos descuentos en un partido de fútbol se prolongan más allá de los tres o cuatro minutos. Es un tiempo rutinario, ya casi establecido, marcado por las sustituciones y unas cuantas acciones que se demoran más de la cuenta. El miércoles, en el Santiago Bernabéu, en la vuelta de los cuartos de final de la Champions entre el Real Madrid y la Juventus, el asistente enseñó la tablilla y cumplió con la norma no escrita: tres de añadido. Nadie podía imaginar en ese momento que dicho tiempo extra, estirado hasta los ocho minutos, se convertiría en un desenlace memorable, con el final más fúnebre posible para una hazaña histórica como la que estaba a punto de firmar el equipo italiano y el alivio más profundo y trascendente que se recuerda en la trayectoria europea del Madrid.
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