El Barça se plantó en Balaídos con un once titular cargado de suplentes y un coste aproximado de unos 450 millones de euros, más dinero de lo que, se calcula, costará la conversión del viejo Santiago Bernabéu en el nuevo buque insignia de la flota interestelar de la Federación Unida de Planetas. El dato impresiona, no me digan. Son muchos millones invertidos en una segunda unidad que las pasó canutas frente al Celta de Vigo, un club modesto que ha tratado de replicar el modelo Masia para no tener que comprar fuera lo que bien se puede cosechar en casa. La apuesta parece haber dado la razón a su presidente, un Carlos Mouriño que comenzó su revolución fichando a Hristo Stoichkov —un comprensible ataque de romanticismo—, pero que ha sabido adecuar sus impulsos primarios a las necesidades del equipo y la entidad.
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