Con la llegada de abril, a Rafael Nadal se le ilumina el rostro y se le afilan los colmillos. Aunque este año se resista, la primavera presagia emociones fuertes para él, el hombre a batir siempre que la arcilla irrumpe en el calendario. Llega, como es tradición, el pistoletazo de salida en Montecarlo, y al número uno se le activan todos los sentidos. “Cada vez que vuelvo aquí es como una historia de amor”, exponía en la jornada de atención a los medios del Principado, donde el curso pasado obtuvo su décimo título y ahora pretende recuperar la inercia después de un trimestre accidentado.
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