Dimitrov es, sin duda, uno de los mayores talentos que ha producido el tenis en la última década. Los tiene todo el búlgaro: muñeca, físico, inteligencia. Desde un punto de vista estético, seguramente haya pocos placeres tan embriagadores como el de verle tirar una derecha o pegar el revés. Su juego es impecable, hasta cierto punto aristocrático, como si hubiese sido diseñado únicamente para satisfacer a gradas tan exigentes y distinguidas como la de Montecarlo. Sin embargo, existe una serie de intangibles que al número cinco todavía se le escapan y pueden emborronar una carrera que hace cuatro o cinco años apuntaba a ser extraordinaria, y de momento es más bien discreta: cerca de los 27 años, Dimitrov solo posee un título de alto valor.
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