Contaba Ronaldo Nazario que a pesar de jugar la final del Mundial de 1998 anestesiado, porque tuvo fuertes convulsiones horas antes del duelo –se atribuyó a un ataque epiléptico de inicio y con el tiempo se supo que era un ataque cardiaco-, lo importante era que estuviera sobre el césped porque su sola presencia asustaba a los rivales. No fue el caso porque Zidane explicó esa noche lo contrario para dicha francesa, pero sí en muchas otras ocasiones. Con Messi, como con los grandes futbolistas, sucede lo mismo como se vio en el anterior duelo liguero del Barça ante el Sevilla porque jugó con molestias musculares y le bastó con media hora y dos carreras para empatar un partido que bien pudieron perder por goleada. Y contra la Roma ocurrió más de lo mismo, por más que no estuviera mermado sino, extraño en él, desatinado en los últimos metros, en el área rival.
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