Michael Goolaerts murió en directo en la televisión, por delante de millones de telespectadores, que lo descubrieron al mismo tiempo desde Francia, Bélgica, España o incluso desde Colombia, cuando ya estaba yaciendo al suelo, los brazos recogidos sobre su pecho, en un tramo de adoquines que nunca hubieran visto hace más de tres años, cuando la Paris-Roubaix todavía no se retransmitía en directo en su recorrido completo. Tenía 23 años y el futuro por delante, pues participaba por primera vez en su vida al llamado Infierno del Norte, uno de los cinco Monumentos ciclistas de la temporada, que quería casi más que su propio Tour de Flandes, la otra gran carrera de las piedras, en el que se estrenó un año antes escalando el Muro de Gramont escapado.
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