Los puestos de descenso son un territorio salvaje y desértico, en el que casi todo está cerrado. Es imposible divertirse. En un ambiente asfixiante, en el que reinase el caos social y hubiese escasez de agua después de una guerra nuclear, al estilo de Mad Max, se lucha por no ir al infierno, donde los equipos tendrán que quedarse una larga temporada. Quedarse es muy distinto a ir de visita. Mira tú. Quién no quiere ir de paseo, quizá para ver a unos conocidos, y regresar en el día, a tiempo de cenar croquetas caseras. Ese infierno, al que desciendes y que abandonas pasadas unas horas, es el de los goles cantados, y que fallas, o el de los partidos ganados y que, en los últimos minutos, se escapan. Pasan los meses, lo cuentas y te ríes: ja. Quedan asimiladas a una más de las tantas frustraciones diarias a las que cualquiera hace frente, como extraviar las llaves de casa, llamar a atención al cliente y que no te cojan, o quedarte sin leche para el desayuno sin darte cuenta.
source Portada de Deportes | EL PAÍS https://ift.tt/2HihJkR
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire