Los corredores del Tour del Movistar disfrutaban ayer del sol insólito del norte de Francia en un hotel de Cambrai, la gris. En un hospital no muy lejano, le habían hecho las primeras curas a su compañero Nelson Oliveira, que se cayó el domingo en el pavés de la París-Roubaix y se rompió, bien rota, la clavícula. Y también la mirada casi se le rompe porque le atendieron tan tarde, ya caída la noche, que hasta fue espectador de las maniobras desesperadas e inútiles de los médicos urgentistas para intentar salvar la vida al joven ciclista belga Michael Goolaerts, a quien se le había parado el corazón en un tramo de adoquines del llamado infierno del norte. Con ellos pasaron también por el hospital otras víctimas del pavés, ciclistas buenos y duros, como el suizo Stefan Küng, que se rompió la mandíbula, o el rápido italiano Matteo Trentin, con la caja torácica fracturada. Y sobre las mismas piedras duras e inmisericordes Valverde, Landa, Nairo, Marc Soler y todos los que lo corran se jugarán el Tour y el cuerpo el 15 de julio, en la etapa que Eusebio Unzue, su director, maldice.
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