Cuando salió a la pista, todo el mundo lo sabía, también los tres aficionados españoles disfrazados de vaca, plátano y marjorette que se han hecho los reyes de la grada y le jalearon, y él les saludó jovial, como si saliera a darse un paseo por el Campo Grande o a rodar por el Pinar de Antquera a buen ritmo. Despreocupado. Tranquilo en apariencia. Así se presentó Saúl Ordóñez a la carrera más importante de su vida.
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