Lionel Messi tiene un extraño pacto con el paso del tiempo. Si a los 20 años era un extremo regateador, a los 25 se convirtió en un delantero voraz; hoy, a sus 30 (cumplirá 31 durante el Mundial de Rusia), es un futbolista total. Ocurre, sin embargo, que nunca dejó de ser regateador, tampoco perdió voracidad goleadora. En cambio, fue sumando atributos a su juego hasta convertirse en el amo y señor del Barcelona. Todos juegan para Messi, desde el novel Dembélé hasta el capitán Iniesta. Un equipo rendido a su estrella, cada vez más selectivo, cada vez más determinante.
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