Neymar Júnior se busca a sí mismo en cada espejo. No hay superficie pulimentada en el vestuario del Camp des Loges, o en las zonas comunes del hotel Renaissance Hippodrome, sitio de las concentraciones de París, que no haya reflejado los ojos felinos del brasileño, sus mechas doradas, su pajarita, sus chaquetas de Dolce & Gabbana, sus cinturones de Royamus, sus cruces, sus diamantes y sus gorras customizadas, de frente, de perfil derecho y de perfil izquierdo. Ensimismado en un universo que solo él frecuenta, no advierte que sus compañeros le miran mientras se mira, tan fascinados mirándole como él mirándose. Hace cosa de dos meses un francófono tuvo la ocurrencia de alertar a la cuadrilla de voyeurs que espiaban a la estrella del equipo: “Espejito, espejito... ¿Quién es el mejor futbolista del mundo?”. Las risas contagiaron al grupo, que comenzó a retorcerse en un rincón del camerino mientras otro gracioso metía la puntilla: “¡Mbappé! ¡El espejo dice que el mejor es Mbappé!”.
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