Algunas victorias llevan tanto tiempo sucediéndose que ya no hay un porqué para ellas. Simplemente suceden. La vida es así. La hegemonía consiste en que casi siempre pase lo que sucede. Ver cómo Juventus o Real Madrid superan eliminatorias de Champions año tras año, por mucho que cambien los tiempos, hace suponer que estos clubes, y tal vez solo alguno más, son depositarios de una convicción secreta que se hereda de unas plantillas a otras. Sus triunfos están más allá de toda razón. La razón se perdió en el tiempo, y en su lugar se instaló la pura costumbre o la manía. El destino es ganar. Conocen todas las formas de hacerlo, y unas veces eligen realizar un gran partido y otras aliarse con la fortuna. Qué más da. Su hegemonía también está más allá del cómo. Ganan sin detenerse, sin mirar atrás, sin preguntarse de qué modo fue posible. El qué importa más que el cómo. A veces, aun persiguiendo su ruina, sobreviven, a semejanza de aquel relato de Woody Allen en el que un hombre corroído por los celos que sentía hacia su loro, nombrado subsecretario de Agricultura, decidía suicidarse; con tan buena suerte que elegía una de esas pistolas de las que sale una banderita que pone “Bang”, y no le pasaba nada.
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