La cubierta del Parque de los Príncipes exhibe en letras monumentales la leyenda que los propietarios cataríes se esfuerzan por materializar: Paris est magique. El peso de la inversión más intrépida de la década en la industria del fútbol, sin embargo, no acaba de cuajar en la maravilla soñada. Se suceden los partidos irregulares sin que el PSG acabe de encontrar un funcionamiento armónico más o menos constante alrededor de Neymar. La visita al Lille, un club fundido por los cuatro costados, se concretó en otra victoria sin magia a la espera del viaje a Madrid del próximo 14 de febrero para disputar la ida de los octavos de final de la Champions.
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