La atonía del futbolista correcto e inexpresivo en la cultura del carisma comercial convierte a Gerard Piqué en un personaje tan necesario como incendiario. Se posiciona. Adopta riesgos. Acierta. Y se equivoca. La demostración de este último extremo consiste en sus declaraciones despectivas sobre el Espanyol. El central del Barça viene a decirnos que los periquitos no superan un test de pureza. Porque se han anidado en el extrarradio de Cornellá. Y porque el accionariado chino ha pervertido la idiosincrasia del club en la ignominia de la otra orilla del Llobregat. No es digno el Espanyol, se deduce. Y por la misma razón, el Barcelona representa la dimensión exquisita del fútbol en su inmaculada concepción. Impresiona la conclusión clasista de Piqué, no ya por la discriminación jerárquica, sino porque se antoja demasiado indulgente con las corrupciones del Barcelona. Corrupciones en sentido judicial y en sentido conceptual, pues no puede decirse que el patrocinio catarí durante tantas temporadas de fervor petrolífero constituya un síntoma de transparencia financiera ni de autoridad ética, aunque al compadre Xavi le enternezca la veneración que profesan los súbditos a los sátrapas del Golfo, un régimen feudal que ejecuta a los homosexuales y que degrada a la mujer a una categoría tan inferior como el Espanyol debe de parecérselo a Piqué en su escala de valores y en su ventaja aristocrática.
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