Dani Ceballos abandonó ayer el estadio de Butarque a paso rápido y con la mirada al frente, visiblemente perdida. Neceser en mano, capucha puesta, con rostro serio y el ceño fruncido, recorrió de manera fugaz el pasillo entre el vestuario y su asiento en el autobús del Madrid. Fue el segundo de la plantilla, tras Gareth Bale, en abandonar el estadio del Leganés. No articuló palabra. No hacia falta. Ese efímero paso por la zona habilitada para los medios fue más que suficiente para transmitir al exterior la sensación de enfado y desánimo que le produjo su paso por la localidad del sur de Madrid. Ceballos acababa de vivir su peor experiencia desde que se incorporase al equipo blanco el pasado verano. El disgusto del joven utrerano estaba justificado. Zinedine Zidane acababa de cometer con él uno de esos actos que el gremio futbolístico interpreta como una humillación: introducirle en el campo con el tiempo cumplido.
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