Después de terminar el calentamiento previo al partido, Diego Costa se adentró en las tripas del Wanda Metropolitano por el túnel de vestuarios. Alrededor decenas de manos esperaban un golpeo, muy al estilo de la NBA. Pero el hispano-brasileño, titular por primera vez desde su regreso al Atlético, en su primera vez en el nuevo estadio, no levantó la mirada del hormigón del suelo. Llevaba los brazos en jarra como si cargase con el peso de la responsabilidad de saberse un regalo de Reyes, y el día, gris, lluvioso y oscuro, y le obligase a iluminarlo. Pero Costa tiene poco de sol y mucho de tormenta.
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