Los meandros del río Yarra describían ayer una corriente de alegría. Allí, en el amanecer veraniego de Melbourne, el sonido de un banyo y los vuelos rasantes de las aves envolvían el bienestar de los habitantes que se concentraban en los jardines de Alexandra, un verdadero marco bucólico. En los rostros de todos ellos se veía una sonrisa de oreja a oreja, la misma que se dibujó en el de Roger Federer nada más aterrizar en una ciudad (3,8 millones de habitantes) y un país (24) que particularmente le entusiasman. “El tiempo es muy bueno y la gente aquí entiende mucho de tenis, y además tienen leyendas a las que siempre he admirado”, explicaba en la previa del torneo.
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