Todo parecía condenado a la igualdad: los marcadores previos, los aciertos, los errores, como si Baskonia y Real Madrid jugasen a tirones, intercambiando el poder de los rebotes, alternando la habilidad en el tiro libre, matando Tavares con esa rabia con la que estira los brazos (de forma tan inconveniente que le llevó a banco con cuatro personales en el tercer cuarto) y matándole Diop y Shengelia sin miedo a volar por encima de sus 220 centímetros. Pero hay orillas más peligrosas que altamares y oleajes, y en la orilla del partido, en las últimas brazadas, el Baskonia chapoteó agotado, impaciente como un ahogado agita los brazos pensando que de la salpicadura nacerá la vida. Y se ahogó, sin estrépito, pero sin fuerzas, con impaciencia frente a un oficioso Real Madrid que gestionó el estilo, el tiempo, la ventaja, para alcanzar la arena del Fernando Buesa y abandonarla con un partido más invicto como visitante. El Baskonia, desde el agua, veía como casi todos sus barcos se hundieron en esos diez últimos minutos interminables.
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