Vivíamos convencidos de que aquel equipo estaba destinado a marcar época. El madridismo recitaba de memoria el once que había destrozado a la Juve en la final de la Champions (4-1). De Keylor a Cristiano, sus nombres ocupaban ya un lugar de honor en el santoral del club más laureado de la historia. Habían conquistado la 12ª Copa de Europa del Madrid, la tercera en cuatro años, la segunda consecutiva. Fue el pasado 3 de junio, anteayer como quien dice, cuando el mejor equipo del momento mandaba al infierno al campeón italiano, el mismo que había dejado en el depósito de cadáveres al Barça de Luis Enrique una ronda antes. Los medios de comunicación celebraron el advenimiento de aquella máquina de jugar al fútbol. Y algunos de ellos celebraron también el mal ajeno, el de Bale concretamente, cuya lesión había abierto las puertas del equipo titular a Isco y, por ende, las del paraíso al Madrid.
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