La semana pasada, Lionel Messi regresó a Barcelona feliz, sobre todo aliviado, después de clasificar a la selección argentina para el Mundial de Rusia. En el campo de entrenamiento Tito Vilanova, de la ciudad deportiva Joan Gamper, lo esperaba Ernesto Valverde. Un fuerte apretón de manos, sumado a una cariñosa palmada en la espalda, fue la manera que encontró el Txingurri para felicitar al 10 por su proeza, traducida en un hat-trick en la altura de Quito (Ecuador). Un gesto simple, nada pomposo, consecuente con el discreto andar del argentino fuera del campo. Un gesto preciso que simboliza la complicidad entre La Pulga y el Txingurri.
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