Neymar es brillante. Cavani es fiable. El contraste nunca quedó más patente que en el clásico del fútbol francés, disputado en la noche del domingo en el Velódromo de Marsella. Fue un partido vibrante, disputado con tesón, metro a metro, minuto a minuto. Lejos del estándar de la Ligue 1, en donde la superioridad desmesurada del PSG propicia encuentros placenteros para sus figuras, el Olympique presentó todas las dificultades reglamentarias a su adversario hasta llevarlo al terreno de la exasperación. Allí donde el narcisismo de Neymar no tolera el contacto con la realidad. El brasileño se hizo expulsar después de dos agresiones: una a Sanson, al que pisó; y otra a Ocampos, al que propinó un cabezazo cuando faltaban tres minutos para el final. La hinchada provenzal celebraba el triunfo cuando Cavani disputó un balón llovido con Sarr en el borde del área, exageró el contacto y se ganó la falta. A 25 metros del área él mismo se encargó de ejecutar el tiro. Un misil al borde inferior del larguero. La pelota se estrelló contra el palo y entró picando sin que Mandanda pudiera hacer otra cosa que mirar. El 2-2 sirve para consolidar al PSG en el liderato y para informar a los dirigentes del equipo parisino: Neymar es brillante pero nunca se sabe cuándo, ni dónde, ni si sí, o si no.
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